Yo te maldigo, urticaria

29 de enero de 2017

 

 

Yo te maldigo, urticaria,

por las penas que me mandas,

por las ronchas, los habones,

los picores a mansalva,

y las noches de desvelo

en que nada me da calma,

y en que solo me adormezco

al llegar de la alborada.

 

No es la ausencia de sueño,

aunque mucho lo echo en falta,

ni siquiera las rojeces

que todo mi cuerpo abarcan,

ni el temido angioedema

que me oprime la garganta,

mas por encima de todo

– y por ende a gran distancia-,

este picor tan intenso

que con nada se me aplaca.

 

Quemazón y comezón,

reconcomio que me mata,

desazón y picazón,

prurito que me desangra,

escozor y rascazón

que a diario me acompañan;

y no me son atenuantes

ni las duchas de fría agua,

ni el jengibre, ni la avena,

ni las hojas de albahaca,

ni la c, vino argundientee mandas1),úrcuma o la menta

o el vinagre de manzana,

ni los antihistamínicos,

que tampoco me hacen nada.

 

Yo te maldigo, urticaria,

por las penas que me mandas,

el día que desaparezcas

brindaré por la tu marcha,

y el vino mejor que tenga,

o el mejor champán o cava,

como suave terciopelo

deleitarán toda mi alma,

y será tal la algazara

que se oirá en toda España.

 

Ignacio Dávila

 

Ganador del I Certamen de Alergia y Humanidades en la modalidad de “Poesía”

Un caso insólito

29 de enero de 2017

Llevo más de un mes en el hospital. Perdí el conocimiento en plena calle y cuando desperté ya estaba aquí. Al principio me hacían pruebas, que si un “tac”, unos análisis, una resonancia, pero creo que ya me han dado por imposible, porque todo está bien y no saben que me pasa. Por las mañanas rodean mi cama varias batas blancas que discuten sobre enfermedades raras: ¡no!, en ese síndrome no hay visión borrosa, ¡no!, ese cuadro nunca se acompaña de vómitos, ¡no!, en esa patología jamás se ha visto pérdida de conciencia. Y así. Es mi momento de gloria, porque aunque nunca me hablan ni me miran, me hacen sentir importante. Me gustaría que me descubrieran algo, aunque sólo fuese para darles esa satisfacción.

Yo me encuentro bien; no se come mal y total, tampoco tenía trabajo…, aquí nadie me obliga a levantarme, ni me manda al supermercado o a sacar la basura. Al revés, todos son muy agradables y si necesito algo sólo tengo que tocar el timbre.

Cuando tiene turno de noche la enfermera rubia de las tetas estupendas, mando a mi mujer a dormir a casa; que descanse la pobre, lleva mucho tiempo a mi lado en un sillón y amanece como una alcayata. Piropeo a la sanitaria y ella hace que se enfada, pero yo sé que le encanta. Cosas de mujeres.

Si me aburro mucho, me pongo rígido, me cimbreo un poco, vuelvo los ojos y dejo que se me caiga la baba. Entonces me ponen algo que me deja flotando varias horas. Gratis, y mejor que la buena hierba, o sea que no puedo quejarme.

En fin, ellos siguen enredando. Vuelven a preguntarme si me ha pasado otras veces, y yo que sí, que cuántas, y yo que dos o tres, que desde cuándo, y yo que desde la Comunión de mi chico…, después que cuantos años hace de la Primera Comunión de mi niño, ¡qué importará eso! Tendrán muchos estudios, pero conmigo no aciertan.

Me parece, (es mi modesta opinión), que esto que me pasa es porque tengo alergia a las avispas y cuando me pican me quedo muerto, pero ellos sabrán, que son los médicos. Mientras tanto yo aquí, como un señor: a mesa y mantel.

 

Virginia Reguera Parra

 

Ganador del I Certamen de Alergia y Humanidades en la categoría de “Relatos”